"Cuando uno de los discípulos anunció su propósito de enseñar a otros la Verdad, el Maestro le propuso una prueba: Pronuncia un discurso en mi presencia para que yo pueda juzgar si estas preparado.
El discurso fue realmente inspirado, y al acabar se acercó un mendigo al orador, que se puso en pie y regaló su capa al mendigo para edificación de la asamblea.
Más tarde le dijo el Maestro: Tus palabras estuvieron llenas de unción, hijo mío, pero aún no estás preparado.
¿Por qué?, preguntó desilusionado el discípulo.
Por dos razones: porque no has dado al mendigo la oportunidad de expresar sus necesidades y porque no has superado el deseo de impresionar a los demás con tu virtud.»
Anthony De Mello
***
"Tan profundo era el sentido de la majestad del divino Nombre en los últimos tiempos del judaísmo que no se decía en voz alta en el culto de la sinagoga: el Nombre del Altísimo se consideraba demasiado abrumador para ser pronunciado.
La comprensión hebraica del Nombre pasa del Antiguo Testamento al Nuevo. Los demonios eran arrojados y los hombres curados en el Nombre de Jesús, ya que el Nombre es poder.
Una vez que esta potencia del Nombre es debidamente apreciada, muchos pasajes familiares adquieren un significado y una fuerza más plenos: las palabras del Padrenuestro: «Santificado sea tu Nombre»; la promesa de Cristo en la Última Cena: «Lo que pidáis al Padre en mi Nombre, os lo dará» (Jn 16, 23); su mandato final a los apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19).
La proclamación de San Pedro de que hay salvación en «el Nombre de Jesucristo Nazareno» (Hch 4, 10-12); las palabras de San Pablo: «Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble» (Flp 2, 10); el nuevo y secreto nombre escrito sobre la piedra blanca que se nos da en el Tiempo que está por Venir (Ap 2, 17).»
La comprensión hebraica del Nombre pasa del Antiguo Testamento al Nuevo. Los demonios eran arrojados y los hombres curados en el Nombre de Jesús, ya que el Nombre es poder.
Una vez que esta potencia del Nombre es debidamente apreciada, muchos pasajes familiares adquieren un significado y una fuerza más plenos: las palabras del Padrenuestro: «Santificado sea tu Nombre»; la promesa de Cristo en la Última Cena: «Lo que pidáis al Padre en mi Nombre, os lo dará» (Jn 16, 23); su mandato final a los apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19).
La proclamación de San Pedro de que hay salvación en «el Nombre de Jesucristo Nazareno» (Hch 4, 10-12); las palabras de San Pablo: «Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble» (Flp 2, 10); el nuevo y secreto nombre escrito sobre la piedra blanca que se nos da en el Tiempo que está por Venir (Ap 2, 17).»
Kallistos Ware-El poder del Nombre

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